Por Lupo

La novela de Virginia Woolf nos propone una mirada sobre un día en la vida de una mujer de la clase alta londinense, reconstruyendo, a través del diálogo interno, las virtudes y fracasos de la sociedad de la primera posguerra.

 

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El argumento de la (maravillosamente complicada) novela de la escritora inglesa Virginia Woolf, Mrs. Dalloway, se podría resumir con las siguientes palabras: Ir de compras, arreglar la casa, preparar la ropa, recibir a los invitados y sobrevivir a la velada. Es un día en la vida de la anfitriona Clarissa Dalloway, una mujer de cincuenta años que brinda una fiesta para la alta sociedad londinense. El argumento es, a primera vista, simple y podría utilizarse para un guión de Downton Abbey. Sin embargo, sería una falta de respeto imperdonable y una simplificación ridícula decir que la novela se trata solamente de eso. Ya que aunque en el mundo físico, de las acciones, ocurran pocas cosas; lo que ocurre en la mente de todos los protagonistas, está lleno de sentimientos y pensamientos que se entremezclan hasta casi hacerle perder al lector el hilo conductor de la historia.

Mrs. Dalloway obliga al lector a sumergirse en la mente de diferentes personajes que se cruzan en la vida de Clarissa durante aquel día: desde un viejo amor hasta una mujer pidiendo limosna en el Hyde Park, en Londres. A lo largo de las páginas, iremos conociendo cada vez más a Clarissa, principalmente a partir de la mirada de los otros. En el momento social e histórico en que la novela tiene lugar, el año es 1923, serán los otros personajes y su relación con la señora Dalloway, quienes nos cuenten sobre ella: sus errores y aciertos, sus debilidades y fortalezas, sus demonios y sus temores.

Sin embargo, los mejores momentos de la novela ocurren cuando Septimus Warren Smith aparece. Una de las mejores creaciones de Woolf, Septimus es un ex veterano de la Primera Guerra Mundial, que había pasado por todos los estados durante sus años de servicio: había conocido la muerte, había sobrevivido, había recibido un ascenso y tenía todo para seguir viviendo. Pero la guerra deja secuelas, y Septimus no es el joven brillante y lleno de vida que la sociedad cree, sino un hombre incapaz de sentir afecto y que vive rodeado de los fantasmas de sus camaradas fallecidos. El fantasma más recurrente es un muchacho llamado Evans, que actúa como una suerte de conciencia retorcida dentro de la mente de Warren. La locura de Septimus choca con los deseos de su esposa, Lucrezia, que se ve cada vez más alejada y desdichada debido a la locura de este (no hace falta aclarar que es imposible no conmoverse con el sufrimiento de esta mujer y el amor y la devoción que tiene ella por su marido) y las normas de la sociedad londinense de posguerra, encarnadas en el “brillante y amable” Sir William Bradshaw, psicólogo de la época, cuya idea de cura es dejar encerrados a sus pacientes hasta que se vuelvan dóciles. Por estas razones y otras, es imposible no sentir empatía por este desdichado que no encuentra salida ante un mundo que lo abandonó antes de que pudiera volver. Septimus es, en cierta manera, la otra cara de Clarissa y su mundo. Clarissa y Septimus nunca se cruzan en vida. Pero este último tiene una influencia enorme sobre la otra, que no se descubre con facilidad.

Seguir el hilo de la novela resulta por momentos difícil y frustrante. Leer, y comprender, lo que está ocurriendo llevará al lector a volver varias páginas atrás. La genialidad de la obra de Virginia Woolf aparece, además, en el uso del lenguaje. En el momento en que una oración amenaza con irse por las ramas, la autora logra encaminarla nuevamente y darle sentido. Las oraciones se asemejan a los pensamientos de las personas: son fragmentados, muchas veces aparecen varias cosas a la vez, van hacia el pasado y hacia el futuro. Aparecen diálogos internos que son interrumpidos por otros pensamientos. Leer Mrs. Dalloway es una tarea ardua que demanda un lector atento y dispuesto a superar la frustración de no entender qué está pasando. Ese es uno de sus encantos. Por momentos uno no logrará entender quién está hablando o la mente de quien está visitando, ni siquiera podemos estar seguros si alguna vez dejamos la mente de Clarissa; pero podrá disfrutar del maravilloso uso del lenguaje que le recordará a uno mismo cuando realiza una introspección: Sus miedos, sus deseos, y el hecho de que mientras todo esto nos pasa, el resto del mundo sigue viviendo.

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