Reseña de El Hombre en el Castillo

 

Por Pablo Testa

Lo primero que viene a la mente con esta obra de Philip K. Dick es que se trata de una gran idea. Una enorme idea. La literatura contrafáctica tiene en Estados Unidos su historia (el “what if…”) y estamos frente a uno de sus grandes representantes.

el-hombre-en-el-castilloEl hombre en el castillo parte de una premisa simple pero brutal: los nazis ganaron la Segunda Guerra. Alemanes, japoneses e italianos se repartieron el mundo, incluida la división de los Estados Unidos en dos partes: la costa este para los nazis y la oeste bajo el comando japonés, donde sucede la novela.

Pero esta idea inicial funciona también como un arma de doble filo. Uno podría esperar que la novela impacte de lleno desde el comienzo. Pero no. El hombre…  está lejos de 1984 de Orwell. La situación se va planteando lentamente. No hay una pluma trágica. El autor textual parte de un supuesto lógico. Los nazis ganaron la guerra. El mundo es así. Y punto. Naturaliza lo que para uno lector como es chocante. No nos encontraremos tampoco con el señor K de El proceso de Kafka. Los personajes de El hombre son hombres de este universo establecido: Childan, vendedor de antigüedades; Frink, fabricante; Tagomy, embajador comercial de Japón en la costa oeste norteamericana; el sr. Baynes.

Una de las primeras cosas que se destacan en la lectura es la tranquilidad que hay en la costa americana bajo control japonés. Lograda, más que impuesta. Los americanos mantienen sus propias costumbres, pero tambíen viven bajo las reglas japonesas, siguen el I-Ching y la filosofía oriental. No es una América imperial, sino un país buscando salir adelante. Ordenadamente. Allí no deportan judíos como en la costa este, ni prohiben expresiones culturales autóctonas. No resulta difícil contrastar esta madurez de los norteamericanos en la novela con la realidad externa al libro. Childan, al caso, bien lo representa al ser un declarado defensor del expansionismo nazi frente a la moderación japonesa.

La pluralidad de voces en la novela genera un alza y baja en los tensión de la lectura. La aparición de cada personaje deja en suspenso el desarrollo del anterior hasta ser retomado.

Para llegar a la sorpresa al interior del relato, es que hace su aparición un libro. “La langosta se posa”. Con ese título, que remite a lo oriental, aparece el planteo contrafáctico dentro de la propia novela: “los nazis perdieron la guerra”. Todos los protagonistas, de un modo mayor o menor, tendrán contacto con este libro, aunque sus historias mantendrán sus caminos separados. Se trata de una novela que no abandona la idea de contar distintas historias, al interior de este mundo tan particular

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